jueves, junio 19, 2008

Cuatro Cuartos versus Tres Cuartos

Cuatro cuartos es alegre, es familiar. Al escucharlo, se le siente conocido y cómodo; puede llegar a ser melancólico, pero casi siempre prediciendo un final, por triste o alegre que éste sea. Es más fácil, porque al ser reconocido en la mente y el corazón, estampa una imagen inmediata y clara, e inspira emociones bien definidas, como si se estuviera viendo una fotografía en que se puede ver una escena en la que uno ya estuvo.

Tres cuartos es diferente. Es atrevido y poco común en estos tiempos, aunque es el ritmo del vals y de la cueca. Pero luego adquiere otra identidad, complementado por instrumentos eléctricos y por batería, que en la mayoría de los casos, es la que lleva el compás y por lo tanto determina el ritmo que la canción va a tener.

El tres cuartos inspira con fuerza cosas que el cuatro cuartos no puede representar, por eso mismo de la nitidez que emana. Crea una imagen algo borrosa, como un sueño, convirtiendo a la melodía en algo onírico que puede derivar en distintas sensaciones.

Puede originarse algo extremadamente sensual, que sugiere movimientos lentos, pero marcados, bajo una luz tenue, entre negra y azulada. Evoca terciopelo y suavidad, pero osadía al mismo tiempo. El corazón como que se acelera, opreso por un ritmo pausado, pero lleno de augurios. Crea una angustia arrolladora; el tipo de ansiedad que atrapa e impacienta, que hace casi necesitar que el momento que se desea llegue ahora, de inmedito, porque el nudo en la garganta excita pero desespera.

Lo anterior hace que esta música sea adictiva, porque se cree llegar, el momento está ahí; tan cerca, se puede oler, ver, escuchar, tocar y sentir, pero no... No llega, no se alcanza. Pero es tan irresistible, que hay que intentarlo de nuevo. Y otra vez. Y una vez más...

También puede tener una faceta fantástica. Más similares al vals, las modernas canciones en tres cuartos evocan un mundo de fantasía que transporta al siglo XVII o XVIII, pero no de forma histórica, sino surrealista. Ya no se ven colores azulados y oscuros, sino colores brillantes, aunque siempre aterciopelados. Más que oscuridad y tinieblas sensuales, se percibe una niebla onírica, un filtro de opacidad en las imágenes que resalta la sensación de que esto no está ocurriendo en la realidad, pero que podría, aunque uno sabe que no. Sólo siente que sí.

Se aprecia también un ambiente lleno de lujo y majestuosidad mullida, en que uno descansa tratando de descubrir ese misterio que embarga el tres cuartos tipo vals, que se quiere descubrir, pero no ahora, porque la sola sensación de estar expectante al momento en que se revele es justamente lo que produce ese placer que sólo es capaz de producir el tres cuartos, que revive la melodía del vals, pero actualizándolo con nuevos sonidos, creando algo novedoso, que sólo algunos tienen la paciencia de conocer.

Pero no sólo existen estos dos ritmos. No soy músico, lo que sé es por propio interés y es muy poco. Sé que hay cinco cuartos, también siete cuartos, pero es más difícil de encontrar y de escuchar. En el rock progresivo se da más seguido.


Referencias: Varias, pero las que últimamente he escuchado mucho, son “Shine On You Crazy Diamond” de Pink Floyd, que tiene el mérito de mezclar tres con cuatro cuartos, cambiando, de golpe o a veces en forma sutil, las sensaciones que provoca y “Tuna in the Brine”, de Silverchair.