
Mientras esperaba, decidió encender un cigarro para matar el tiempo. Hace años que no fumaba, pero esta vez parecía necesario comenzar ya a recordar ese hedor exquisito, que en algún momento y paradójicamente, era signo de bienestar, junto a un café dulce bien cargado. Miraba para todos lados, nerviosa, aunque sabía que el momento aún tardaría en llegar.
Maldita costumbre que tenía de llegar a todas partes unos veinte y hasta treinta minutos antes, cuando los encuentros eran importantes. Estaba vestida menos elegante que de costumbre, porque después de pasar varios minutos cambiándose de tenida una y otra vez, optó por usar algo simple, ropa sentadora pero infinitamente usada, para ver si podía reflejar sólo sentimientos neutros; seguía siendo algo ingenua. Lo mismo con el maquillaje. Mirándose al espejo, después de haberse puesto base, rubor, rímel, delineador y brillo, se lavó dos veces la cara hasta tenerla en blanco nuevamente. Lo mejor era no resaltar.
La espera se hacía tediosa, por lo que prendió su walkman para escuchar un poco de música. Era el sucesor de aquél que él mismo le había regalado hace años. ¡Cómo la conocía entonces! Sabía que antes del viaje, ni un anillo, ni una carta, ni cualquier otro gesto romántico sería mejor recibido que ese, resignándose a que, a pesar de que toleraba con bastante agrado la música que él hacía y escuchaba, jamás transaría sus melodías favoritas. Varios meses pudo usarlo para escuchar una y otra vez sus canciones preferidas, hasta sabérselas de memoria, hasta obligar a todo el mundo a oírlas, una y otra vez. Pero un día, un ladrón se lo arrebató violentamente y en un segundo, desapareciendo para siempre. Ironía.
Las entrañas se le retorcían más a medida que la hora avanzaba. Trataba de distraerse releyendo nuevamente el diario, que ya había terminado, pero no funcionaba. Se sentía observada por toda la gente que la rodeaba, en pareja, con amigos, en familia… Sola, ella destacaba, aumentando la angustia de la espera y llenando el lugar de la misma expectativa que la estaba matando: todos los presentes en ese lugar sabían que alguien iba a llegar, que algo, aunque no les interesara, iba a pasar. Que dentro de aquella sala se produciría un cambio.
El lugar de encuentro no era muy idóneo: un café barato dentro de un cine no era un sitio muy ceremonioso como para una reunión así. Pensó en algún momento que le agregaría casualidad y le restaría gravedad, tratando inútilmente de esconder y tapar la inmensidad de aquél encuentro, en que el café, los cigarrillos, la gente y el ruido sólo eran una burda excusa que pondría un poco de realidad en una reunión casi surrealista. Tanto tiempo, tantas cosas habían sucedido… La carga era demasiado grande; las culpas, inevitables.
Trataba de concentrarse en lo que escuchaba y en lo que leía, pero no podía. Cada minuto que pasaba, su mirada se dirigía irremediablemente hacia la escalera, decepcionándose y sintiéndose aliviada cada vez que no lo veía. Imaginándose que llegaba y que sonreía, haciendo desaparecer el nerviosismo y las tristezas, y transformando el encuentro en una mera reunión nostálgica que sólo podría traerle paz. Pero no sucedería.
Ya había transcurrido tiempo suficiente, así que se levantó y guardó el diario, el walkman, el teléfono celular y un libro que siempre traía consigo. Se puso el abrigo y los guantes, tomó el vaso vacío y el cenicero y lo botó a la basura. Caminando y escuchando música, se reía nerviosamente por dentro, el corazón palpitándole fuerte. Esta vez, sólo por una casualidad tuvo que parar en ese café a matar el tiempo. ¿Qué pasaría en ese encuentro, si éste en relidad ocurriera?