viernes, septiembre 05, 2008

Dos

Dos días… ¡Dos días y todavía nada! Claro, ella, la muy ilusa, le escribía una carta poco menos diciéndole que lo amaba y que lo daría todo por él. Ya era de noche, así que prendió la radio para escuchar algo que le diera el valor de llamarlo otra vez. Tenía que decírselo. ¿Necesitaba una excusa? ¡Por supuesto que no! ¡Absolutamente legítimo llamar de nuevo, sólo para aclarar las cosas! No le gustaban las cosas así no más, no era tan relajada como él. ¡Esto no podía seguir así! Pero ya tenía la solución: la única forma de empezar nuevamente algo serio con él, era haciéndole creer que quería terminarlo. ¡Claro! ¡No le cabía otra posibilidad! En el peor de los casos, le daría la razón, y las dudas, las angustias, encontrarían su fin.
¿Pero y si en realidad estaba ponderando lo sucedido, para no volver a comenzar algo que en el pasado no había funcionado? O quizás, simplemente se frustraba por no encontrar una media hora para decirle que en realidad moría por ella y quería que estuvieran juntos. ¡Estúpida! Probablemente no se estaba riendo, algo de bondad siempre se puede presumir todavía en los hombres, pero quizás se sentía placenteramente enfermo. Claro, la besó, hizo como que eran pareja de nuevo (total era por unos días solamente) y aprovechó de satisfacer los impulsos que ella frenó en seco la última vez. Dulce venganza. Maldito.

Bajó el volumen de la música y lo llamó, detestando cada tono que antecedía una respuesta. Si no contestaba, peor para él: borraría inmediatamente su teléfono y ¡olvidaría siquiera haberlo conocido! Pero contestó. Obvio que el problema no era que no encontrara tiempo para llamarla; se escuchaban risotadas de amigas y música alegre, era una fiesta… Contuvo un momento la ira para empezar a decirle lo que planeaba. Ella cortó el silencio: “Te llamo para decirte que no puedo más. ¡Me dijiste que me ibas a llamar en un rato y han pasado dos días!”, dijo poniendo gran acento en la palabra “dos”. “Estoy sufriendo. Tú me estás haciendo sufrir. Mejor, hasta aquí no más llegamos”.

Él contestó: “Pero… Tontita. No te respondo no por orgullo, sino porque quiero estar seguro de que es lo correcto”.

“¿En serio?”

Risas

“Sí… Prefiero no prometer nada hasta estar totalmente convencido, para que sea algo estable, algo que dure, no como antes… Pero te he echado de menos y eso es mejor, me ayuda a decidirme… Por ese lado… ¿Me entiendes?”

Ahora estaba más tranquila. Claro que volverá a llamar. Pero ¿si no llamaba? Llamaría. Pero ella había decidido qué hacer, ya tenía la respuesta para dejar de pensar en tantas estupideces. Iba a esperar. Pero no de brazos cruzados, no… Iba a esperar una respuesta, pero no lo iba a esperar a él, porque él llegaría. Quizás lo llamaría para decírselo… No, mejor no. No podía esta vez mostrar debilidad. Él llamaría…

Uno

La noche ya caía y la angustia iba inundando el espíritu de quien, hace unos días, había expuesto su alma a aquel cuya llamada estaba esperando. Por su parte estaba todo dicho, por lo que no tenía ninguna excusa más o menos sólida para iniciar una nueva conversación, conversación que en cualquier caso terminaría avergonzándola nuevamente por tratar de acelerar una respuesta que, de forzar, sin duda odiaría. ¡Qué posición más incómoda y frustrante, para quien estaba acostumbrada a tener el control y que creía ser experta en manipular las situaciones a su favor! Por el contrario, cada vez que aplicaba las viejas fórmulas de suspiros, silencios, dulces amenazas y falsos sacrificios, éstas arremetían como contra muros de concreto, que aunque se desgastaran, se iban regenerando sucesivamente, gracias a la inteligencia de su oponente.

Sin embargo, y a pesar de lo que sabía que iba a suceder, decidió llamarlo una vez más. Pero esta vez, para terminar con todo. No quería más esperas ni dudas. ¿Estará pensando en nosotros, sintiendo renacer su espíritu con la ilusión de una nueva oportunidad? ¿Estará arrepintiéndose de haber fingido lo que podría haber sido una relación, sólo para vengarse? ¿Para tenerla en sus brazos una vez más? ¿Estará simplemente demasiado ocupado, rogando por un lapso suficiente de tiempo para recuperarla y volver a estar juntos? Las preguntas la atormentaban, y alimentaban también la ilusión de que todo fuera como antes, pero la mera incertidumbre de un final feliz no lograban aplacar el dolor.
Bajó el volumen de la música y marcó el número, escuchando cada tono de la forma más atenta, rogando porque no contestara. Pero eso no pasó. Al otro lado del teléfono se escuchaban voces y música alegres, que la entristecieron aún más. Comenzó con un silencio: él no iba a dar pie para una conversación que también intuía. Ella comenzó: “estabas tan frío cuando estuvimos juntos. Yo te dije todo lo que sentía, los sueños e ilusiones que tenía contigo, lo mucho que te extraño y quiero verte, tenerte, tocarte… Tú te quedas en las sombras; en silencio, frío silencio que me hiere cada día que pasa”. Él siguió: “no respondo no por orgullo, sino porque quiero estar seguro de que es lo correcto. No puedo hacerte promesas por ahora porque quiero que sea en serio, algo duradero, verdadero… Tengo muchas cosas que evaluar, pero te he extrañado, y eso me ayuda más a tomar una decisión…”
Fue un poco liberador. Podría ser falso, podría ser cierto, pero ya tenía la respuesta. Todas las preguntas que la atormentaban habían encontrado una solución: olvidarse unas de otras. Y para ello, olvidarlo a él. No volverá, así de simple. Borró su número, y de ahora en adelante lo borraría a él. Había pensado en llamar de nuevo y decírselo: a medida que no te decidas, te iré olvidando… Pero esa sería una nueva e infructuosa manipulación.