viernes, septiembre 05, 2008

Uno

La noche ya caía y la angustia iba inundando el espíritu de quien, hace unos días, había expuesto su alma a aquel cuya llamada estaba esperando. Por su parte estaba todo dicho, por lo que no tenía ninguna excusa más o menos sólida para iniciar una nueva conversación, conversación que en cualquier caso terminaría avergonzándola nuevamente por tratar de acelerar una respuesta que, de forzar, sin duda odiaría. ¡Qué posición más incómoda y frustrante, para quien estaba acostumbrada a tener el control y que creía ser experta en manipular las situaciones a su favor! Por el contrario, cada vez que aplicaba las viejas fórmulas de suspiros, silencios, dulces amenazas y falsos sacrificios, éstas arremetían como contra muros de concreto, que aunque se desgastaran, se iban regenerando sucesivamente, gracias a la inteligencia de su oponente.

Sin embargo, y a pesar de lo que sabía que iba a suceder, decidió llamarlo una vez más. Pero esta vez, para terminar con todo. No quería más esperas ni dudas. ¿Estará pensando en nosotros, sintiendo renacer su espíritu con la ilusión de una nueva oportunidad? ¿Estará arrepintiéndose de haber fingido lo que podría haber sido una relación, sólo para vengarse? ¿Para tenerla en sus brazos una vez más? ¿Estará simplemente demasiado ocupado, rogando por un lapso suficiente de tiempo para recuperarla y volver a estar juntos? Las preguntas la atormentaban, y alimentaban también la ilusión de que todo fuera como antes, pero la mera incertidumbre de un final feliz no lograban aplacar el dolor.
Bajó el volumen de la música y marcó el número, escuchando cada tono de la forma más atenta, rogando porque no contestara. Pero eso no pasó. Al otro lado del teléfono se escuchaban voces y música alegres, que la entristecieron aún más. Comenzó con un silencio: él no iba a dar pie para una conversación que también intuía. Ella comenzó: “estabas tan frío cuando estuvimos juntos. Yo te dije todo lo que sentía, los sueños e ilusiones que tenía contigo, lo mucho que te extraño y quiero verte, tenerte, tocarte… Tú te quedas en las sombras; en silencio, frío silencio que me hiere cada día que pasa”. Él siguió: “no respondo no por orgullo, sino porque quiero estar seguro de que es lo correcto. No puedo hacerte promesas por ahora porque quiero que sea en serio, algo duradero, verdadero… Tengo muchas cosas que evaluar, pero te he extrañado, y eso me ayuda más a tomar una decisión…”
Fue un poco liberador. Podría ser falso, podría ser cierto, pero ya tenía la respuesta. Todas las preguntas que la atormentaban habían encontrado una solución: olvidarse unas de otras. Y para ello, olvidarlo a él. No volverá, así de simple. Borró su número, y de ahora en adelante lo borraría a él. Había pensado en llamar de nuevo y decírselo: a medida que no te decidas, te iré olvidando… Pero esa sería una nueva e infructuosa manipulación.

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