
La vio mientras se fumaba el cigarro de la hora de colación, apoyado en uno de los pilares del edificio en construcción. La miró a los ojos de ámbar y bajó hasta sus carnosos labios. Recorrió con detalle su pecho y su busto, para llegar a la contorneada cintura. Bajó por sus caderas anchas y resbaló entre sus muslos, encerrados en unos ajustadísimos pantalones. Pasó de largo sus altos zapatos y le lanzó un poema: haría una religión para adorarla, mi diosa…Por ese breve momento, fue suya.
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